dissabte, 15 de desembre de 2012

Cuaderno de otoño. Despedida







          Despedida





Hay en mí otro ser con el que comparto la misma materia pero no el alma. Esta , cuando era niño y no conocía al otro, se resistía a dejarle un espacio, huyendo hacia la vega como el esclavo africano que busca su salvación. La mía se encontraba también entre los campesinos que allí seguían, después de siglos, laborando la tierra. Y, forzado como un reo, volvía a la escuela donde un maestro germanizado nos hacía aprender quiénes eran sus reyes: Ataúlfo, Sigerico, Walia.

He sido desde entonces irlandés en Londres, charnego en Barna, marroquí en París, negro en Nueva York, turco en Berlín... Y me han acompañado en el exilio Machado, Cernuda, Zambrano, Al-Mutamid…

Mi casa está ocupada y mi cuerpo es un campo de batalla donde dos espíritus se disputan el ser, y eso en sí es una victoria. Porque nosotros somos, en nuestra ignorancia, alegres fantasmas llenos de añoranzas que no sabemos de dónde nos vienen y adónde nos llevan, y descubrir al impostor que nos acompaña es estar cerca del bisturí que lo seccione o del pergamino en el que firmar el pacto.

Esta esquizofrenia cultural a la que nos han inducido nos sitúa frente al vacío, y en el fondo del barranco podemos distinguir, entre los libros quemados, los cadáveres de nuestros antecesores. Pero no, no hay suicidio, aunque tal vez alguien nos tenga guardada una invitación al kilómetro cuatro de la carretera de Carmona.

En esta España se puede ser de todo menos andaluz. Incluso se puede nacer en Andalucía, pero ser andaluz, no. Existe un código secreto, un pacto tácito entre los patriotas de derechas o de izquierdas de Hispania dónde se condena el ser andaluz. En eso no hay colores, las piedras están reservadas en las plazas para lapidar a los apestados. Pero no guarden cuidado los que se envuelven en la verde y blanca para hacer negocio, el lucro sí está permitido. Y el templo lleno de mercaderes repartiendo monedas de plata y comprando voluntades. Y nosotros aquí, aguantando como clavos los golpes del martillo, escupiendo contra el viento.

¡España, España, qué grande es España y qué bonita Andalucía! Así sigue gritando aquella herencia de la escuela germanizada desde las tribunas de esta tierra, repitiendo la misma cantinela: Ataúlfo, Sigerico, Walia... vestidos con trajes de faralaes importados de Bruselas.

¡Demasiado esfuerzo pedagógico para tan poco tiempo! ¡Si acaso alguien nos regalara otra vida! Pero nosotros no somos aquel hombre de Nazaret, aunque su tribu en la diáspora también llegara a esta casa. Y también ellos fueron aquí crucificados, robados, quemados, vejados y expulsados.

Sopla fuerte el viento en estos tiempos, arrastrándonos con él, llevándose, cómo no, este Cuaderno de otoño.



En Andalucía, otoño de 2012.

Marcos González Sedano


divendres, 14 de desembre de 2012










Un director de instituto y el ministro del Interior se retratan

Dos estremecedores testimonios



El desahucio en las aulas

"Llevo un cuarto de siglo enseñando en Institutos, inculcando la democracia, creyendo en la función pública como herramienta seria al servicio de la prosperidad y de la igualdad social. La mitad de ese tiempo, como director orgulloso de su equipo, de su claustro. Nunca antes había tenido la sensación de formar parte de una farsa."


"Mi fe era una fe muerta porque era una fe sin obras" 

Jorge Fernández Díaz, Ministro del Interior: “mi plan de vida está muy próximo a la espiritualidad del Opus Dei: ir a misa todos los días, rezar el Rosario, hacer un rato de oración, otro de lectura espiritual…”

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dijous, 13 de desembre de 2012





La Asociación Pro DDHH de Andalucía reconoce la lucha pacífica por la defensa del Derecho Universal a una vivienda digna

La Corrala de Vecinas “La Utopía” recibe el Premio 
Derechos Humanos 2012



…casas sin gente y gente sin casas...






La Delegación de Sevilla de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) entregará este viernes 14 de diciembre, a las 19.30 horas, el Premio Derechos Humanos 2012 a LA CORRALA DE VECINAS “LA UTOPÍA”, dentro de las actividades que viene realizado esta semana para conmemorar el 64 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.Desde la APDHA entendemos que los derechos no son algo abstracto, “papel mojado”, sino que nos sirven, como guía, para caminar hacia un mundo más humano, fraternal y justo. En este sentido entendemos que LA CORRALA DE VECINAS “LA UTOPÍA”, está haciendo una defensa activa del DERECHO A LA VIVIENDA (Artículo 25.1), de una forma valiente, original, consciente y organizada que está sirviendo para poner en evidencia la contradicción, tantas veces denunciada, de CASAS SIN GENTE Y GENTE SIN CASA.
Con este Premio reconocemos a una parte de la sociedad que se organiza para exigir un derecho básico que se le niega a tanta gente. Para nuestra Asociación LA CORRALA DE VECINAS “LA UTOPÍA” significa:
  • DIGNIDAD: la de aquellas personas que no se resignan y se organizan para buscar el cumplimiento de un derecho básico como es el de la vivienda.
  • VALENTÍA: la que han demostrado saliendo de su anonimato para defender la dignidad humana a pesar de todos los acosos malintencionados que han tenido que sufrir: corte de luz, de agua, amenazas…
  • ESPERANZA: en otro mundo posible, donde las personas estén por encima de los intereses de una minoría.
  • EJEMPLO: el que están dando a la ciudadanía, a las administraciones, a los poderes financieros, a todas las personas que quieran ver lo que hacen y por qué lo hacen.
  • SOLIDARIDAD: han estado y están, no solo en su lucha, sino en la de todas las personas que sufren el problema de la vivienda.
  • UTOPÍA: la que sirve para avanzar un poco más, la que no es una quimera, la que es posible para quienes creen en ella, para las personas que la construyen día a día.
  • UNIDAD: la que han conseguido, en torno a sus reivindicaciones, a una parte muy importante personas y colectivos sociales.
La APDHA entiende que la sociedad tiene el derecho y el deber ético de organizarse y de buscar soluciones para defenderse cuando las administraciones públicas le dan sistemáticamente la espalda.
Premiamos el valor y el coraje de aquellas personas que viviendo en una sociedad con una situación de emergencia habitacional, han optado por defender sus derechos y por realojarse en unas viviendas vacías desde hace más de dos años y con ello mostrar que si se puede.
Nunca compartiremos que las leyes protejan el derecho de la propiedad por encima de los derechos básicos de las personas, ni compartiremos el sistema capitalista en el que se sustenta. Esta pequeña gran lucha señala a los culpables de un sistema injusto y demuestra que entre todos podemos aspirar y construir un sistema diferente.
Por ello, la APDHA seguiremos mostrando nuestro apoyo incondicional a quienes defienden los derechos humanos frente a intereses económicos y financieros, porque, entendemos que, lo más importante son las personas.


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dilluns, 10 de desembre de 2012

Federalismo republicano: Política de principios y principios de perspectiva






Juan-Ramón Capella


18/11/2012

Política de principios

Se suele decir que la política es una técnica pragmática. Que en política no hay principios que valgan. Pero viendo cómo nos ha ido con la política sin principios, vale la pena señalar algunos elementos para una política con principios.

Viene esto a cuento de la cuestión catalana. Creo que fue Claus Offe quien formuló claramente un principio democrático básico: una comunidad humana, en cuestiones que la afectan a ella misma y solamente a ella misma, tiene pleno derecho a decidir por sí misma. Inobjetable. Parece que este principio es aplicable a la cuestión catalana, pero no. Una decisión de los votantes de Cataluña favorable a la independencia, por ejemplo, no les afectaría solamente a ellos mismos: afectaría también al conjunto de los ciudadanos de España. Por eso, en buena política de principios democrática, la cuestión catalana resulta más compleja.

Pretendo argumentar en pro de las condiciones de principio democráticas cuya satisfacción puede hacer posible el ejercicio del derecho de autodeterminación a la ciudadanía de Cataluña. El derecho de autodeterminación es autodecisión, autonormación. Y adelantaré que el autor de estas líneas es favorable al derecho de autodeterminación para Cataluña, para Galicia y para lo que hoy llamamos Euskadi.

Pero como queda dicho el ejercicio de este derecho puede tener consecuencias para los ciudadanos del conjunto de España. Consecuencias innegables. Algunas positivas, como señalaré más adelante, y otras eventualmente negativas, obvias por tratarse en dos de los casos de algunas de las escasas zonas opulentas de la Península Ibérica. Por consiguiente, para que pueda quedar establecido el derecho de autodeterminación es necesario que así lo decida el conjunto de la ciudadanía española. Es a esta ciudadanía a la que corresponde el establecimiento de este derecho, lo que conlleva el deber de respetarlo.

La primera consecuencia del planteamiento del problema debe ser, pues —y ésta es una consecuencia positiva— la necesidad de que la ciudadanía española se politicea propósito del derecho de autodeterminación. Que pueda reflexionar sobre el tema tanto en línea de principio como contemplando las consecuencias materiales previsibles, y que emprenda prácticas políticas que materialicen el resultado de su reflexión. Eso conduce, obviamente, a lo que se viene llamando una segunda transición, que como cuestión de principio debe ser producto de una auténtica voluntad popular —y no como la primera, la transición pasteleada en unas cortes no elegidas formalmente como constituyentes, aunque lo fueron de hecho, por un grupo de políticos que configuraron un sistema político hermético, partitocrático, desmemoriado y excluyente, y además condicionado a aceptar la herencia envenenada del régimen anterior—. Pues la condición primera del ejercicio del derecho de autodeterminación es que la ciudadanía española lo reconozca y asuma los deberes que le den contenido.

Volver hegemónica la consciencia colectiva de la necesidad de una segunda transición está muy lejos de las precipitadas tomas de posición de las partitocracias española y la específicamente catalana. Lejos de la retórica política vacía y cortoplacista a que nos tienen acostumbrados. Esa hegemonía sólo se logrará desde las plazas, y no es cosa de palacio. La inteligencia política necesaria para construir esa hegemonía sólo puede resultar de las coincidencias entre los movimientos sociales españoles —y en el caso catalanes— para que esa segunda transición sea verdaderamente democrática. Entre sus ideas-fuerza están los principios republicano y federal. Desde estos principios el derecho de autodeterminación cobra plenamente sentido.

Corresponde ahora abordar, también en línea de principios, las condiciones de ejercicio de un derecho de autodeterminación por hipótesis ya reconocido. Y en esta hipótesis lo que se plantea es la existencia de una auténtica voluntad popular mayoritaria para un cambio del estatuto institucional básico, esto, es, para un cambio en la determinación de lo que es una nación de ciudadanos.

(Hablo de nación de ciudadanos, pues no se pueden tomar en consideración democrática "naciones" románticas basadas en elementos del pasado histórico y cultural tomados de aquí y de allá, como es lamentablemente frecuente. Aquí una nación es un conjunto determinado de ciudadanos y no otra cosa, por vociferante que esto último sea.)

Pues el ejercicio del derecho de autodeterminación debe garantizar en cualquier caso que dará de sí una comunidad de ciudadanos iguales. Dicho con otras palabras: se trata de evitar que una parte de la población se sobreponga a otra y la convierta en minoría; o, aún de otro modo: se trata de que una decisión que afecta a la condición misma de la ciudadanía sea materialmente mayoritaria entre la población (y no sólo lo sea formalmente).

Esta condición garantista es el único paraguas jurídico contra el enfrentamiento social, contra el cisma poblacional que en otras fronteras ha conducido a catástrofes sociales que es preciso evitar a toda costa.

Hay condiciones jurídicas para garantizar que eso no ocurra, esto es, para evitar que una decisión de cambio de estatuto ciudadano sea sostenida sólo por una minoría social que se construya formal o retóricamente como mayoría. Estas condiciones son principalmente el quórum censal de participación exigible para que una toma de decisiones pueda ser tenida como válida, y la exigencia de mayoría absoluta dentro de ese quórum. El quórum censal exige una participación elevada en la toma de decisiones para que éstas, sean cuales sean, puedan considerarse válidas; la exigencia de mayoría absoluta para la toma de decisiones que alteren el statu quo ante es una condición que garantiza la madurez de la decisión misma [1].

En política son bastantes las cuestiones que no se pueden resolver mediante la formación de mayorías exiguas sobre minorías consistentes. Esas situaciones revelan comúnmente la falta de maduración de la propuesta sometida a decisión, que sensatamente debe ser aplazada. La posibilidad de aplazamiento de una decisión por maduración insuficiente exige que el ejercicio del derecho de autodeterminación pueda volver a ser planteado y no decidido de una vez para siempre. Ello forma parte del contenido jurídico del derecho tanto como las condiciones de su ejercicio.

Es una cuestión de análisis concreto y previsión política sobre la base del censo establecer qué quórums pueden garantizar que la decisión que se adopte sea poblacional y efectivamente mayoritaria. En cualquier caso, está claro que una decisión como la que se examina aquí no puede ser adoptada con una baja participación en la consulta ciudadana: eso sólo revelaría mala práctica política, justamente como la que se pretende dejar atrás mediante un proceso que sea materialmente democrático y no lo sea sólo en las formas. Ahora ya sabemos que las aparentemente buenas formas pueden llevar a la iniquidad.

Principios de perspectiva

En el caso español, la resolución de la unificación política de la ciudadanía de un país plural remite a la institucionalización de un estado federal. A la federación relativamente asimétrica de estados y comunidades autónomas.

El principio federal es coherente con los principios y los valores republicanos. Permite la articulación de lo que es público pero específico con lo que es común a todos. Las entidades federadas pueden hacerse cargo de la normación y la gestión de lo que tienen de específico o especial sus sociedades, mientras que el estado federal toma a su cargo la igualdad política de los ciudadanos y la gestión de lo que es común. Se trata pues de una articulación institucional que, como solía repetir Pi i Margall, permite avanzar en la construcción de una sociedad más consciente de sus derechos y deberes.

El principio federal no es ninguna novedad. Lo han adoptado algunas de las sociedades que han llegado más tardíamente a su constitución como nación de ciudadanos: los Estados Unidos, o Alemania. En otros países, como Italia, de unificación reciente, el propio impulso unificador redundó en un solo estado unificado que sólo muy posteriormente llevó a cabo una redistribución regional de competencias. En Francia, el país de la revolución ciudadana, fue el concepto mismo de nación de ciudadanos el que legitimó un estado centralizado y centralista, partiendo de la gran unificación moderna que culminó Luis XIV.

El caso español es mucho más complejo. El estado español moderno no llegó a existir como tal sino en la fórmula de la "unión de reinos" en la época en que éstos eran considerados por definición patrimonio personal del monarca. Eso tuvo consecuencias acentuadas: de una parte permitió la pervivencia intocada de las instituciones feudales en los antiguos reinos o regiones, siempre que acataran la superioridad de la monarquía (no fue así en la Castilla de los comuneros); de otra, sin embargo, permitió que los monarcas utilizaran las rentas fiscales españolas en guerras para la defensa de los intereses patrimoniales de la dinastía Habsburgo que, desde una concepción más moderna a la de la "unión de reinos", habrían resultado indefendibles. Las guerras exteriores de los Austrias, que casi nunca fueron objetivamente de interés para los españoles, pesaban sobre las espaldas del indio americano, del campesino castellano y, más levemente —pues su contribución fiscal era inferior—, sobre el campesinado catalano-aragonés. Si la fórmula imperial de la unión de reinos era aceptable para las instituciones locales, preciso es recordar que esa unión perpetró algunas crueldades genocidas con las poblaciones gobernadas: nació con la expulsión del país de los judíos españoles, prosiguió con la expulsión de los españoles moriscos —siempre de ambos reinos— y además estableció la unidad nacional interior sobre la base de la unificación religiosa y el siniestro tribunal de la Inquisición española.

La "unión de reinos" dejó de existir con Felipe V, nieto de Luis XIV, con una concepción más moderna del estado —que abolió las diferencias entre los súbditos de los antiguos reinos—, al crear para el estado español una arquitectura institucional modernizada y unificada (aunque con privilegios fiscales, que generaron los de hoy, para las regiones que no tuvieron el desacierto político de oponerse plenamente al rey en la Guerra de Sucesión; tampoco no se puede ignorar que Cataluña, que lo hizo, ya había iniciado la modernización de sus instituciones, con una Hacienda propia).

Hay pues dos grietas históricas ya viejas en el Estado español: la grieta comunero-inquisitorial, de falta de libertades básicas para las personas, y la grieta regional. Pero no han sido éstas las peores de la España moderna. Hay una gran grieta que se abre con la invasión napoleónica. Ésta divide internamente, para empezar, a los ilustrados españoles, a quienes desean la modernización que representa la revolución francesa y que sin embargo no pueden aceptar la represión napoleónica del levantamiento popular. Francisco de Goya da el mejor testimonio (El tres de mayo de 1808) de esta escisión interior. Pronto se convertirá en una escisión social que no ha hecho más que agrandarse hasta dar lugar a las dos Españas, y en particular a la España negra, prolongación de las tinieblas inquisitoriales. Pues la constitución realmente moderna de la nación, de la nación de ciudadanos —y ya no de súbditos—, fue sofocada una y otra vez, sobre todo durante el reinado de Fernando VII y luego por las guerras carlistas, con episodios durísimos de represión poblacional parecidos a los del franquismo. No sólo no pudo imponerse en España la revolución burguesa, o algo semejante a las evoluciones de todo el entorno europeo occidental, sino que la predominante España Negra trató siempre de cerrar el paso a la novedad del mundo contemporáneo representado por las clases trabajadoras.

Esta fractura insalvada de la sociedad española es la que hace posible el ensanchamiento de la grieta regional, en el siglo XIX, al no existir verdaderas instituciones democráticas que permitieran solventar conflictos de intereses siquiera entre las distintas fracciones de la burguesía (p.ej., intereses textiles catalanes e intereses cerealícolas castellanos). La debilidad del Estado reacciona con ferocidad frente a los movimientos obrero y popular, sobre todo ya en el siglo XX. Algunos gobiernos de la II República intentaron dar pasos decisivos para afianzar una verdadera nación de ciudadanos. El levantamiento y el régimen franquistas fueron el penúltimo intento de la España Negra, con costes inmensos para las gentes corrientes, por impedir el florecimiento de instituciones democráticas.

El último intento es de nuestros días: consiste en el vaciamiento del ya escaso contenido de las instituciones postfranquistas, su utilización para la corrupción y el lucro privados, su despilfarro, su indiferencia para con los intereses públicos, sus privatizaciones, su entreguismo educativo al poder de la Iglesia, su deliberada aceptación y promoción de un país neoliberal de ganadores y perdedores en vez de una ciudadanía responsable. Llega al paroxismo con la crisis económica del presente

Por todo eso el federalismo con autodeterminación es un elemento indispensable para una segunda transición, para construir unas instituciones políticas en que la población determine realmente, no ficticiamente, la voluntad de las instituciones. El principio republicano y federal —y sus valores— puede unificar el impulso disperso —y a veces desorientado en forma de secesionismo— de la población de este país por salir de la situación actual. Un soberano federal es probablemente el único capaz de recuperar la soberanía alegremente cedida en algunos tratados de la Unión Europea, como el de Maastricht, y emprender políticas económicas y sociales que nos saquen del pozo —sin olvidar ni minimizar al difuso soberano imperial que está más allá de la Unión Europea, al que hay que despojarle de las las instituciones locales que le son propicias—.

Nota

[1] Por ejemplo, en Cataluña, sobre un hipotético censo de 5.260.000 personas, un quórum del 50% del censo lo satisfarían 2.630.000 votos, y la diferencia entre una mayoría absoluta del 51% y una minoría del 49% sería sólo de 52.600 personas, indicio claro de que tal resultado oficializaría una fractura social. Para evitarla sería necesario bien elevar el quórum del censo al 70 o al 75%, o bien situar un listón decisorio de alteración del statu quo ante por encima del 50% de los votos. Eso es cuestión de decisión política: se tiene que establecer dónde puede situarse razonablemente la paz social (en cualquier caso ha de excluirse que una decisión de gran calado pueda ser aprobada por una exigua minoría de personas, como ocurrió con el actual Estatuto catalán).

http://www.mientrastanto.org/boletin-108/notas/federalismo-republicano

Juan-Ramón Capella Hernández es catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona.

diumenge, 9 de desembre de 2012

¡El gran pacto!






Se me hizo amargo este té tunecino de miel y piñones. 
Cuaderno de Otoño. ¡El Gran pacto!

Sobre las Columnas de Hércules y la Cúpula de Sefarad, la luna creciente marca tu cuna. Ojos grandes y oblicuos de caramelo, caballo andaluz, deja tus cascos en mis manos, que en las fraguas del Sacromonte he de herrarte para tiempos venideros.
Más allá del callejón de la Inquisición, pasado el lugar donde estuviera el castillo de San Jorge, el aprendiz de poeta entró en un local buscando la calor del té. El río Betis discurría tras las vidrieras. A las espaldas del caminante los comensales convertían, con el alcohol de la sobremesa, las palabras en estrategias guerreras y llamaban a "Un Gran Pacto", una cruzada contra los impíos. Entre sus conocidas caras faltaba la de Escipión.

Treinta y cinco años echando sal sobre las heridas de esta tierra que, aferrada a sus troncos, busca las yemas desde donde florecer. Y vosotros, caballo de Troya en el jardín del Hospital de las Cinco Llagas, ebrios en la opulencia, década tras década poniendo en nuestras copas adormideras de la Alpujarra, queréis ¡ahora! despertarnos del letargo para serviros en la batalla. Pero, ¿contra quién y para qué? ¿No sois vosotros legionarios de este rey y formáis parte de sus mesnadas? ¿Quiénes son los caballeros del levante, del norte y del centro en esta quimera? ¿No son acaso los mismos que os regalaron el caballito de madera?.

Afiláis las lanzas al mismo tiempo que vuestras lenguas mientras le ofrecéis la cama al amo, le abrís la puerta al imperio y le dais nuestras hijas al prostíbulo del mercado. Y nos pedís que os ayudemos en una guerra santa, invitándonos a un gran pacto, eso sí, sellado con el sufrimiento y el sudor de este pueblo. ¡Un Gran Pacto contra la intransigencia, los insolidarios, los radicales nacionalistas y el centralismo!. Vosotros que engrasáis todos los días nuestras cadenas y grilletes, hijos de Tomás de Torquemada,que os huelen las manos a la tea que prende la pila de madera donde ardemos. Muertos, estáis muertos y sobre la espalda de Babieca, botín en Isbilya, caballo andaluz, putrefactos hasta el alma queréis dirigir la contienda para conservar la soldada.

Y yo, aprendiz de poeta,escuchando el sonido de vuestras babas que caen sobre la mesa frente a la Torre del Oro.

Se me hizo amargo este té tunecino de miel y piñones de la tarde cuando, buscando un lugar tranquilo donde otear la Introducción a la Historia Universalde Ibn Kaldoun, os encontré a vosotros, mercenarios. Pero estáis muertos. Sobre el lomo de Bucéfalo convertido en un jumento sólo podéis ofrecernos una misa de difuntos, y aunque vayamos todos al entierro, en la caja de pino sólo hay un difunto y tiene vuestro rostro.

La tarde va terminando mientras el Gran Río sigue su curso. Ya nacieron los poetas que escribirán sobre sus aguas y le regalarán al universo un ramillete de estrellas.


En Andalucía, otoño de 2012.


Marcos González Sedano
















Hay que enterrar el cadáver insepulto de la constitución








Hay que enterrar el cadáver insepulto de la constitución







El hedor ha traspasado los muros de palacio alcanzado los confines del reino. Una noche del verano del 2011 doña Constitución recibió un golpe mortal de parte de dos supuestos hidalgos; Zapatero y Rajoy. Desde ese día no se ha podido recuperar. Fue rematada con sucesivas puñaladas en forma de salvajes recortes a los derechos sociales por el partido de turno en el poder. Hoy doña Constitución yace sin vida.

La pregunta es, ¿porque no se ha enterrado el cadáver de este instrumento jurídico que debería ser la casa de todos ? O dicho de otra manera ¿quienes sostienen el “ancien régime” y su difunta constitución?
Los hechos dan testimonio del pacto no escrito entre la “clase política” y los señores de la banca. Este compromiso, articulado a la sombra de los sables en la transición, ha vivido alimentado por más de 30 años de argamasa y ladrillos.

El maridaje entre la “clase política” y la banca es innegable. España es el país que con más desfachatez muestra las desnudeces del poder constituido. La puerta giratoria entre los cargos políticos y los directivos de la finanzas está a la vista de todo el que quiera mirar. Como decía cierto personaje “son los mismos”. Exacto, son los mismo que se repiten una temporada en el Partido y la siguiente en el Banco o en la Caja. El ejemplo paradigmático es Rodrigo Rato. Solo hace una semana ha sido protegido de la comisión de investigación de Bankia por un acuerdo entre el PP y el PSOE.

Pocos son los integrantes de la “clase política” que se salvan. La corrupción nuevamente salpica al PP, al PSOE y a CIU en Andalucía, Cataluña, Madrid y en un largo etcétera de comarcas. Pero, cuidado… hay que decir toda la verdad, porque en la miel todo se pega. Los consejeros de las Cajas nombrados por la dirigencia de los dos sindicatos mayoritarios y por la izquierda institucional tampoco se salvan. Lamentablemente han servido de auxiliares y parientes pobres del sistema.

Al régimen le llego la postrera hora. El pacto de la transición ha muerto en beneficio de las finanzas, colocando en evidencia la incapacidad histórica de las oligarquías de Hispania para producir desarrollo y progreso sostenido.
La especulación inmobiliaria con sus ponzoñosas secuelas en recorte de derechos sociales nos demandan que enterremos de una vez por toda la constitución . Esta ya tiene muy mal olor. Para el sepelio necesitamos a todo el pueblo como protagonista de una revolución democrática que saque limpiamente a los privilegiados del régimen.

En realidad la actual dispersión de la luchas ciudadanas , no son de por sí un hecho negativo. Todas las manifestaciones desenmascaran el desprestigiado tinglado del sistema , pero las acciones desperdigadas están mostrado ser insuficientes. El empeño es histórico y de largo aliento, La alternativa es conquistar una democracia real y para ello es necesario terminar definitivamente con lo que el filósofo francés, Alain Badiou, llama el capital-parlamentarismo.El camino está claro. Al poder constituido de la “partitocracia” hay que oponer el poder constituyente de un pueblo organizado que lucha por un cambio democrático del sistema. Ha llegado la hora de una coordinación que permita pasar otro nivel de eficacia en el combate.

Articular un movimiento social para una revolución democrática, popular y plurinacional es ahora un imperativo. Este no puede ser una “operación política”. Decirlo de esa manera es restar entidad y perspectiva al movimiento.

De lo que se trata, es construir un Proyecto Político que ilusione , que inspire una gran cambio de modelo económico y político. Un proyecto que permita al pueblo la posibilidad de elegir en el sentido más amplio del termino y que no delegue en supuestos “representantes” las grandes decisiones que nos atañen a todos y todas.
Un proyecto revolucionario que incluya a la gran mayoría. Más allá de diferencias, identidades , parcelas o parroquias. En este movimiento no sobra nadie. Para derrotar a las fuerzas del capital, de la inercia y de los administradores del sistema hay que tener mucho músculo.

El movimiento deberá recoger la experiencia secular de nuestros pueblos. También deberán tener un lugar destacado los nuevos movimientos nacidos hace apenas año y medio. Ellos nos han vuelto ha enseñar que la épica del cambio revolucionario está en la lucha en la calles y no en las moquetas del parlamento.
La ética de un movimiento democrático-revolucionario y por ello “constituyente” de una nueva realidad político-social para los pueblos de España debe ser intachable. Aquellos que se dicen transformadores no solo deben actuar como incorruptibles sino que deben ser incorruptibles.

Todavía queda mucho camino por delante, será duro. Adelantarse o atrasarse puede resultar mortal para las fuerzas del cambio. Y doña Constitución merece un entierro con todas la de la ley.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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