dissabte, 9 de març de 2013



06-03-2013
El Mercado Social, una estrategia de intercooperación integral

konsumoresponsable


Bodegó. Pintura infantil
La crisis de modelo económico en la que vivimos, agravada por las políticas de recortes sociales, ha generado niveles de desigualdad y exclusión social sin precedentes. Asimismo, la creciente movilización social como muestra del descontento generalizado hace, si cabe, más urgente la necesidad y la posibilidad de plantear una respuesta a las políticas económicas imperantes. Es en este contexto en el que se piensan y se ponen en marcha nuevos proyectos, como los mercados sociales, que desde la práctica tratan de visibilizar, fortalecer y reivindicar las iniciativas económicas solidarias como realidades viables, escalables y, por tanto, alternativas al modelo económico actual.
En todas las fases del ciclo económico encontramos iniciativas económicas basadas en los principios y valores de la economía solidarias: cooperativas de trabajo y empresas de inserción en la producción, comercializadoras éticas y tiendas de comercio justo y productos agroecológicos en la distribución, herramientas de sensibilización y grupos de consumo responsable, y entidades de finanzas éticas en campo financiero. En muchos casos estas iniciativas funcionan de manera muy dispersa, con pocas herramientas formales de cooperación entre ellas, y esto les resta potencia como alternativas sólidas.

Detrás del Mercado Social hay un proceso de reflexión que nace de las entidades de la economía social y solidaria (ESyS) - agrupadas entorno a la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS). Dentro de esta Red, las entidades llevan años buscando espacios de cooperación, fortalecimiento e interrelación, dando pasos hacia un modelo de producción y consumo que ponga en el centro de las relaciones económicas a las personas y que fomente prácticas más justas y democráticas, comprometidas con el entorno y basadas en la satisfacción de necesidades reales. El Mercado Social surge para dar forma a estos objetivos.

El principio básico para crear mercados sociales es la intercooperación integral, tal y como se expone en su página Web el Mercat Social Catalán, Esto significa que cada una de las organizaciones y sus miembros tienen que ser protagonistas activos en la producción, la comercialización, el consumo y el ahorro. A partir de este principio se ponen los recursos, los mecanismos y la inteligencia colectiva necesaria para impulsar “Una red de producción, distribución y consumo de bienes y servicios que funciona con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, constituida por empresas y entidades de la economía social y solidaria junto con consumidores y consumidoras individuales y colectivos. Cuyo objetivo es que esta red permita cubrir una parte significativa de las necesidades de sus participantes y desconectar la economía solidaria de la economía capitalista, tanto como sea posible”.

En la medida en que la red vaya consolidándose localmente y creciendo estatalmente podrá ir cubriendo cada vez más necesidades socioeconómicas y ser más viable. Para ello tendrá que experimentando nuevas formas de producir, consumir, invertir y vivir cualitativamente mejores.
Algunos ejemplos como los de la cooperativa de consumidores de energía Som Energía o la cooperativa de crédito Fiare nos demuestran la capacidad que tenemos como comunidades conectadas en el territorio físico y en las redes para hacer posibles proyectos económicos fundamentales.

Después de varios años de trabajo, hay lugares donde el desarrollo de los mercados sociales ha sido mayor. Es el caso de Aragón, Euskadi, Navarra, Catalunya o Madrid. Su articulación estatal no está muy lejana si tenemos en cuenta tres grandes pasos que se darán: La presentación de la Web 2.0 del Mercado Social, la finalización exitosa de una campaña estatal de microdonaciones a través de laplataforma Goteo y la constitución de una cooperativa estatal mixta.

La creación de esta cooperativa estatal fundamentalmente pretende fortalecer los espacios de producción, comercialización y consumo de la economía solidaria. Tiene dos dimensiones inseparables: una política (para promover alternativas, sensibilizar sobre el consumo responsable…) y otra económica (para generar más y mejores mercados donde poder comprar y vender los productos y servicios de la economía solidaria). La escala estatal del proyecto permite ampliar la visibilidad e impacto de este movimiento más allá de sus contextos locales, promover alianzas político-económicas con redes de la economía alternativa y movimientos sociales de carácter estatal así como ofrecer un marco de principios compartidos y algunos servicios supra-locales. REAS Red de Redes, Ecologistas en Acción, Fiare Banca Ética, Coop57, Arç Seguros, Diagonal Periódico, Ideas Comercio Justo, Reas Euskadi, Reas Navarra, Reas Aragón, Xes, Reas Galicia, Reas Rioja, Reas Madrid,... son las entidades y redes promotoras de la constitución de esta organización cooperativa estatal de impulso del Mercado Social.

La auditoría social como mecanismo de control democrático de la producción
El Mercado Social tiene como objetivo construir un movimiento social con una clara perspectiva de alternativa económica y para ello debe dotarse de herramientas que permitan verificar el cumplimiento de los principios del Mercado Social en el día a día. Entendemos la ética como una praxis constante que se mide mediante la transparencia y la participación.

Con ese objetivo, estamos desarrollando un sistema de Auditoría Social siguiendo un proceso deliberativo, democrático y participado tanto por las organizaciones y empresas proveedoras como por las personas y grupos consumidores. Un sistema de certificación que mida las aportaciones sociales de cada entidad y que también ayude a detectar las carencias y a formular objetivos de mejora. Difundir con claridad la responsabilidad y el compromiso que asumen las entidades del mercado social también es un objetivo de la auditoría.

Las entidades proveedoras de bienes y servicios que participan en el Mercado Social se comprometen así a ir mejorando en el cumplimiento de unos criterios comunes establecidos: respeto al medio ambiente, empleo estable y de calidad, inserción de colectivos desfavorecidos, compromiso con el entorno, democracia y participación, equidad, sin ánimo de lucro, Igualdad, cooperación, transparencia, fines sociales, arraigo en el territorio, calidad entre otras... Los avances se irán contrastando a través de un sistema de evaluación y acompañamiento continuo (un Balance Social).
¿Qué es la moneda social y en que se diferencia del euro?

Algunos desarrollos territoriales del Mercado Social como el madrileño o el catalán han puesto en circulación monedas sociales complementarias al Euro. Tanto los Ecosols como los Boniatos son un instrumento facilitador para conseguir relaciones económicas igualitarias en la actividad económica real que se dan entre las entidades y personas participantes del Mercado Social. Son monedas locales basadas en la confianza, la cercanía y el conocimiento mutuo. No producen interese, por lo que no tiene sentido acumularlas y esto elimina la posibilidad de especular con ellas, favoreciendo una alta rotación de la mismas, un aspecto fundamental para que aumenten los intercambios dentro del ciclo económico. En este sentido, nunca hay escasez de moneda, sino que existe tanta como riqueza o trabajo real existe en el Mercado Social. Ni los Boniatos ni los Ecosols tienen una representación física (billetes o similar) salvo en ocasiones espaciales como por ejemplos las Ferias. Los intercambios de estas monedas se realizan a través de procedimientos electrónicos, mediante una interfaz web en la que cada persona usuaria dispone de una cuenta propia en moneda social.

El Mercado Social y el trabajo hacia la soberanía alimentaria
El Mercado Social es un espacio donde los consumidores responsables ejercen su soberanía alimentaria fomentando canales de distribución alternativos para los alimentos en los que se pone el acento en las condiciones de producción. Las entidades que proveen alimento están generando una relación de cercanía productor-consumidor que les empodera localmente y permite el desarrollo de una inteligencia colectiva al servicio de la sociedad. El Mercado Social prioriza los métodos de producción ecológicos y espera contribuir al respeto de la naturaleza protegiendo al medio ambiente del impacto de métodos de producción intensivos como la agricultura monocultivo, la pesca destructiva y la explotación ganadera industrializada.

El Mercado Social surge de entidades con amplio recorrido en promover valores sociales y laborales que garanticen la dignidad de las personas y asegurar criterios de equidad que disminuyan las diferencias e injusticias sociales. Desde este punto de vista, el Mercado Social puede ayudar a consolidar los procesos de certificación participativa que en diferentes territorios se están produciendo en el ámbito de la soberanía alimentaria.

Comisión de difusión del Mercado Social de Madrid

Fuente: www.konsumoresponsable.coop

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divendres, 8 de març de 2013

Cartas desde Almeria



             " Y es que aunque queméis el papel
                nunca quemaréis lo que contiene,
                puesto que mi trabajo lo llevo,
                viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
                conmigo duerme cuando descanso,
                y en mi tumba será enterrado luego."


                                                 Ibn Hazm



                                 

                                                                Cartas desde Almería


                                                                Mi querido hermano, Juan de Mairena:


                 Que la sombra de la Giralda te proteja a ti y a los tuyos, y que su silueta sobre el Gran Rio guarde a las mujeres y a los hombres de esta tierra; que la paz nos sea eterna y que la sabiduría de este pueblo sea tan inmensa que hasta las piedras de las calles reciten versos.

                Mi querido hermano; hay momentos a los que se tiene más miedo a la vida que terror a la 
 muerte y asesinaron una a una, en un proceso prolongado, todas las células que latían. Y cuando el último átomo espira, justo en ese mismo momento, es cuando la vida continua. Que el destino tenga piedad de los sepultureros y de los débiles.

               Mi querido hermano; este desierto donde me hallo no es el Sinaí, y aunque la montaña que me invita a subir me recuerda al monte Horeb, aún me quedan varias jornada para llegar. No tengo prisa, ella siempre ha estado ahí, antes de que existiera el día y la noche. El rescoldo de la zarza que arde en mi pecho podría convertirse en una hoguera.

              Cuando llegué a este lugar y vieron sangrar mis heridas, desvistieron mi cuerpo y quemaron las ropas que traía. Perfumaron el agua y me sumergieron en la bañera. Lavaron mis cabellos con camomila y aloe. Con extractos de rosas besaron mis poros y del armario desenvolvieron telas de Damasco para cubrir mi piel. Me invitaron a este rincón de acogida, donde el amor abre las puertas a plantar un jazmín en el jardín para endulzar las tardes de primavera, perfumar las noches de verano y, si algún día me encuentro ausente, que mi presencia siga aquí. Que nunca falte el pan y la sal en esta casa, que la luz de la humanidad guíe los pasos de sus moradoras y que el regocijo y la felicidad no abandonen sus corazones.

             Mi querido hermano, desde este lugar contemplo la bahía, y veo acariciando la Mar como van llegando los cargueros. Parecieran desde la lejanía, un puzzle tridimensional lleno de vida, que sobre la brisa de la mañana me regalan aromas a maderas venidas de Alejandría; perfumes de Arabia, acunados en cristal de Murano, especias de Asia…Ya no puedo seguir, se me ahogan las palabras en la garganta. Dejemos aquí esta primera carta. Quedo esperando tu respuesta. Dale recuerdos a las calles de Sevilla, diles que no las olvido, y tu recibe con estas letras todo el cariño de tu hermano.

          Marcos González Sedano 



                                                                                   
                                                                           

dijous, 7 de març de 2013



06-03-2013


La democracia para los políticos
Apuntes para la desobediencia electoral




¿Vivimos en una arcadia democrática donde gobierna el pueblo o en una dictadura del capital financiero donde las políticas que adoptan los gobiernos electos están determinadas por la presión de corporaciones privadas? Dictadura real ya, no hay que buscar en el pasado, está aquí y habita entre nosotros.
                                                (és llarg però substanciós)


Las visiones legitimistas de la democracia expresan a menudo su crítica política en clave de “democracia fallida”, donde la corrupción aparece como la apropiación indebida de lo público –incluida la representación de los intereses públicos o generales- por parte de personas, facciones o corporaciones políticas. Esta es una visión legitimista porque juzga inadecuado el estado actual de cosas en relación con el modelo ideal o ideológico, lo que la democracia debería ser pero no es –por la acción inapropiada y voluntarista de algunos. En esta visión no hay rastro de una interpretación estructural, por ejemplo, no existe la posibilidad de que “corrupción” sea concebida como una expresión común para referir la unión íntima de la política con la economía, y concretamente del poder con el capital. Además, es una visión legitimista de la cosmovisión democrática porque las posibles soluciones a ese estado mejorable de cosas siempre pasan por los mismos procedimientos que dice criticar, por los formalismos y ritualizaciones que sacralizan el poder de su sociedad, presentando la estrategia electoral como la vía de “cambio” predecible, y hasta cierto punto deseable. Lo primero, entonces, sería desencantar el punto de vista políticamente encantado y considerar las cosas tal y como son y en el sentido en el que son, algo muy spinozista. Abreviando: la democracia no es lo que debiera ser, el gobierno del pueblo representado en las Cortes –eventualmente corrompido-, sino el eufemismo político que permite hacer pasar el gobierno y los intereses de las élites como el ejercicio legítimo de la voluntad popular. Preñado de populismo, el discurso democrático cala en todas las mentalidades –cultas y populares- dado que es la ideología dominante, y viceversa. La democracia es lo que es: la instrumentalización por parte de élites corporativas de minorías sociales cautivas electoralmente, a partir de las cuales se constituyen artificiosamente mayorías parlamentarias que forman gobierno sobre la totalidad –la lista más votada gobierna al total de la población, en una proporción de 1 a 5. Todo ello se desarrolla en el escenario de una amenaza larvada y difusa que se expresa, por abajo, como la posibilidad de una anarquía y, por arriba, como la sombra de una dictadura. Los antagonismos fantasmagóricos que funcionan como coerción ideológica, como la anarquía (en el sentido peyorativo de caos, no de auto-gobierno) y la dictadura (como la amenaza de un totalitarismo reversible, de un pasado horribilis que siempre está aquí como potencialidad), hacen creer que lo que se vive no es al fin y al cabo un gobierno tan autoritario ni caótico, tan despilfarrador ni arbitrario o ineficiente; en definitiva, hacen creer aquello tan churchilliano de que la democracia es la peor forma de gobierno exceptuando todas las demás. Así se cumple la funcionalidad del tótem político y de todo el lenguaje político que lo nombra mediante eufemismos: la imposibilidad de pensar más allá del tótem, más allá de la democracia.

El discurso democrático es una versión de la biopolítica orientada a producir las subjetividades gobernables y funcionales para el (mejor) desarrollo del capitalismo neoliberal; en este sentido es un proceso cultural, por tanto social e histórico, es decir, heterogéneo y contradictorio, no una cosa o un estado de cosas. Su capacidad para capilarizar el tejido social es asombrosa: incluso la disidencia lo es gracias al lenguaje de su dominación (democracia real ya). Mucho discurso anti-capitalista, sí, pero por efecto de la magia eufemística del tótem político, poca disidencia frente a su forma de gobierno y su fuente de legitimación: la democracia. La democracia no como algo separado –y virtualmente antagónico- de la economía capitalista, no. La democracia como la forma de dominación política, de producción de cuerpos dóciles y subjetividades gobernables, de agregación de poblaciones a la conducta política normalizada que es solidaria de los modos de explotación de la economía capitalista, particularmente en la órbita del capitalismo regional euro-americano –aunque por efecto de su difusión cultural enraíce en otras culturas políticas hibridizándose promiscuamente en sistemas más localizados. En pocas palabras, la democracia es esa tecnología de gobierno, de conducción de la conducta política parafraseando a Foucault, que actúa como un discurso mistificador del expolio social y natural al que son sometidas sistemáticamente porciones crecientes de las poblaciones, de los bienes comunes y naturales del planeta. Esta operación ocupó, en nuestro contexto nacional, lo que el establishment del momento llamó la Transición, pero que quizá los historiadores del futuro designarán más apropiadamente, siguiendo las inveteradas tradiciones historiográficas, como la II Restauración Borbónica.

Particularmente, la violencia simbólica del discurso democrático se expresa a través del manejo del voto, de toda su simbolización y de su sentido práctico: “somos los legítimos representantes elegidos en las urnas”, dicen. Del otro lado, en las coordenadas de un campo político cuya divisoria establece un antagonismo artificial entre izquierda y derecha, la negación del voto (abstención) se interpreta en términos individualistas y sin texturas políticas: sujetos desconectados que actúan sin pretensiones políticas, expresando así el estatuto de idiotas funcionales al que son reducidas las mayorías sociales desde la óptica de gobierno –masas aborregadas que prefirieron ir a la playa o a los toros, quedarse en casa por el mal tiempo. Esa violencia simbólica tan particular que está en el origen de la legitimación del gobierno democrático, la de la representatividad delegada, aparece como una retórica en la que continuamente se encastillan las corporaciones políticas, los dirigentes y cargos públicos, y a la cual recurren sistemáticamente para criminalizar la crítica o la disidencia –presentándola como “antisistema” o “golpismo”. Esto pone la estrategia electoral en el primer plano de la resistencia social frente al mal gobierno: la necesidad imperiosa de neutralizar su fuente de legitimidad, el voto. La simbolización del voto es el mayor reto (u escollo, según se mire) que afronta la resistencia civil, puesto que la estrategia electoral actúa como un principio articulador de la dominación política en la sociedad democrática neoliberal, ritualizando la consagración de la jefatura de la tribu. La centralidad del voto como domesticación política es tal que hace difícil concebir siquiera su negación: no votar, no delegar. ¿Interpretar el voto como un dispositivo de normalización política al servicio de la sacralización del poder, es decir, funcional a la reproducción del sistema político que legitima el capitalismo; o bien como una estrategia de transformación social, de acceso al poder con voluntad de emancipación? Las últimas décadas han sido taxativas: instrumentalizando por la vía del voto a los diferentes sectores del mercado electoral se logran justificar eficientemente, legitimándolos, los intereses que orientan las estrategias de acceso al poder de las élites directivas. Así, el voto se presta a producir una plusvalía de legitimidad necesaria para dar una vuelta de tuerca a la reproducción ampliada del capital. La imbricación creciente de los procedimientos electorales en esta reproducción ampliada del capital, aportando la necesaria cuota de legitimidad (y de normalización política), es el precio pagado por esa suerte de Pax Romana que las corrientes neoliberales euro-americanas establecieron en el convulso período entre 1973 y 1989.

Así las cosas la desobediencia electoral no es una opción. Cada vez más se presenta como un horizonte políticamente fértil. Tampoco es un destino trágico, sino una fuente de alegría política: la posibilidad muy bajtiana del carnaval. Habrá nostálgicos del voto que no puedan disimular su disenso; sí, aquello de que “en este país murió mucha gente para que podamos votar, y si no votamos gobernará la derecha… o vendrá la dictadura… o será un caos”. Nostalgia de lo que nunca se ha perdido, lo cierto es que la dictadura está aquí, nunca se fue, siempre estuvo gobernándonos y seguimos gobernados por gobiernos autoritarios. La cuestión es si estamos dispuestos a seguir legitimándolos a través del uso irreflexivo de esa maquinaria electoral que se traga el sentido representativo y delegado de los votos. Huérfanas de los mecanismos de su representación, las mayorías sociales pueden confluir, no en el programa político de un partido minoritario que nunca se convertirá en política pública, sino en la desobediencia como espacio político a significar, a fortificar, a cultivar en todas sus dimensiones, en suma, como esa arena política a donde puedan afluir las mareas en una riada de desacato y de negación. Ocupar las calles y plazas, las portadas y editoriales, tejer las redes en el hogar, en el vecindario, en el lugar de trabajo o estudio. Y no dejar de echar esas redes, para ir sumando. La gente. Sí. Con la cabeza bien alta, los indecentes son los otros. Cargados con muchas ideas razonables y plausibles, no quimeras mercantilistas. La gente dispuesta en la dirección de exigir la transformación política del Sistema, no el solo cambio de Gobierno. ¿Qué hacer con la fuerza constitutiva del voto cuando ellos nos llamen a las urnas, nos convoquen a su fiesta de la democracia? No delegar, no hipotecar la fuerza constitutiva que entraña el voto. Al contrario: reservar colectivamente esa fuerza para hacerla rendir más prometedoramente, agregando la desobediencia en un bloque de resistencia civil, de nuevas prácticas y sentidos políticos. La desobediencia electoral es un capital político que pueden movilizar las mayorías sociales desposeídas de todo lo demás, cada vez más: es el juego estratégico con la norma, no la aceptación irreflexiva de su acatamiento.

Recientemente, las últimas elecciones en Grecia e Italia indican que la pluralidad social está reñida con la gobernabilidad democrática. La supuesta ingobernabilidad de parlamentos heterogéneos –en un gesto nostálgico del funcional bipartidismo- nos hace pensar con más fuerza en la necesidad de cambiar las reglas del juego y aspirar a otra forma de gobierno y, sobre todo, a otra manera de formar gobiernos. Las mayorías sociales están en las calles pidiendo a gritos un carnaval político, un período políticamente extraordinario en el que se inviertan las jerarquías y se genere anti-estructura, donde las mayorías establezcan un nuevo criterio de ordenación política, donde la fuerza constitutiva se transforme en un acontecimiento constituyente. Hasta ir minando esa legitimidad que hoy atesoran como un capital las corporaciones políticas, tendremos que pensar en la posibilidad de dar un sentido colectivo, unitario y confluyente, de bloque, a la fuerza política que reside en la denegación de la legitimidad por las urnas: el principio de no delegación. Secuestrar el voto para forzar el regateo, las transacciones con el poder. Secuestrarlo hasta que el campo político que ahora patrimonializan celosamente se abra a la decisión colectiva, de modo que el formalismo electoral del voto pueda ir más allá de un colaboracionismo a la francesa o de un quintacolumnismo, esa forma cínica de justificar o callar ante las fuerzas de ocupación enemigas. Entre tanto se nos reprochará que con ello sólo favorecemos la llegada de la dictadura o del caos. Pero tenemos una urgencia: el mal gobierno ya está aquí; y nos hemos impuesto una tarea: desbancarlo del poder.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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dimecres, 6 de març de 2013


Marx y el suicidio


Hijo de Fructidor

El filósofo argentino, residente en España, Nicolás González Varela, ha preparado la edición de un texto poco conocido de Marx, bajo el impactante título de Sobre el suicidio.


 Como señala el editor, en esta obra "Marx ilustra los aspectos anómalos, desnaturalizados y contradictorios de la vida moderna, de la existencia bajo el Capital, de la alienación que nos lleva al suicidio, y que afecta no sólo a las clases desposeídas, sino a todas las esferas y manifestaciones de las relaciones humanas. Incluso hoy en día estas historias se nos presentan con una descarnada actualidad".

Se trata de un texto de intervención política del Marx joven que resulta, como indica el propio González Varela, "de enorme actualidad en España, uno de los países más neoliberales de Europa, en el cual desde el inicio de la crisis capitalista en 2008 el suicidio es la principal causa de muerte externa de sus ciudadanos, más que los accidentes de tráfico. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística cada año se quitan la vida 3.145 personas, es decir, casi nueve personas al día".

Uno de los puntos de interés que el editor destaca para sacar a la luz este texto en castellano es la atención a un problema como el de la opresión de género, que padece doblemente (en sus formas económica y familiar) la mujer, aspecto infrecuentemente abordado dentro de la inmensa producción intelectual de Marx.

Para el Prometeo de Tréveris, el suicidio es un fenómeno multiclasista, socialmente transversal, pero que se intensifica en aquellos que solo tienen para intercambiar en el mercado su fuerza de trabajo.

Cuando hace poco menos de un año el Diputado de IU, Gaspar Llamazares, denunció el incremento de los suicidios en España tras la eclosión de la actual crisis capitalista, fue recibido por parte de algunos representantes de la caverna mediática con epítetos descalificadores ("Llamazares desvaría", diario La Razón). Poco importaba que los datos que manejaba el Diputado por Asturias procedieran de una fuente tan prestigiosa como la revista The Lancet.

Esperemos que la edición de un clásico de entre los clásicos, como es Marx, permita reabrir un debate que desafortunadamente nos golpea un día sí y otro también, con escenas de desahuciados o parados poniendo fin a sus días en medio de la desesperación.



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dimarts, 5 de març de 2013

Unidad popular constituyente: la construcción de un nuevo bloque histórico










En torno a la apertura de un proceso constituyente


Unidad popular constituyente: la construcción de un nuevo bloque histórico





Lanzado definitivamente el debate, surgen dudas, muy razonables en su mayoría, sobre la conveniencia de la apertura de un proceso constituyente. Cabe realizar de inicio algunas matizaciones. Por un lado, ya estamos inmersos en un proceso constituyente. La inadecuación existente entre Constitución real y sociedad es sinónimo del tránsito antidemocrático hacia un nuevo régimen político y un ordenamiento constitucional diferente que representa un caso de auténtico fraude constitucional. Por otra parte, fuerzas políticas claramente oportunistas apuestan por llevar a cabo un proceso constituyente sirviéndose de toda la potencia atractiva del concepto pero esquivando su naturaleza radicalmente democrática y planteándolo como una mera contienda electoral en la que desde lo constituido se llevarían a cabo reformas de escasa trascendencia cuando no abiertamente reaccionarias. Esta estrategia comparte con la propuesta de reforma del PSOE el rehúso del ejercicio de la soberanía popular. Son los herederos de los John Adams y los Alexander Hamilton temerosos del “despotismo democrático”.
Frente a los recelos que sensatamente se generan conviene afinar. Cuando algunos nos referimos a la necesidad de apertura de un proceso constituyente entendemos que debe tratarse de un proceso radicalmente democrático: de abajo a arriba, con mecanismos de participación directa a fin de que la asamblea constituyente esté en dialogo permanente con la sociedad, retroalimentándose dialécticamente organizaciones, movimientos sociales y ciudadanos con los constituyentes, dando uso, como en Islandia , de las nuevas tecnologías como vía complementaria de transparencia y participación. O lo que es lo mismo, propiciando la activación del poder constituyente, entendido como medio para la transformación, sujeto de la misma y bandera aglutinadora. Esto es, el poder constituyente es, per se: 1) un poder original, no dependiente de ningún poder anterior; 2) inicial, pues su impulso no depende más que de él mismo; 3) fundador, al suponer una ruptura con el anterior ordenamiento jurídico-político; 4) incondicionado, ilimitado, soberano y en consecuencia prejurídico; 5) únicamente fundamentado en la legitimidad democrática; 6) correlato del derecho de resistencia, una impugnación general al sistema encarnada por las mayorías que se traduce en un proceso de acumulación de fuerzas populares con voluntad de transformación y ruptura.


Hegemonía y poder constituyente
Ahora, se nos podría reprochar no estar haciendo más que un brindis al sol. El sujeto constituyente brilla aparentemente por su ausencia y cualquier planteamiento constituyente dada la actual correlación de fuerzas no supondría, en el mejor de los casos, más que puro gatopardismo y, en el peor, una opción de carácter protofascista. Se repite con razón que una Constitución no es más que el reflejo y cristalización de determinadas relaciones de clase en un momento determinado. De ahí que cualquier opción constituyente que, lejos de acabar en los dos escenarios anteriores, pretenda la ruptura democrática necesita obligatoriamente de un instrumento político hegemónico que aglutine a las mayorías en torno a un proyecto de derribo de l’ancien régime y su sustitución por uno construido colectivamente.
En crisis, más que el ingenio se agudiza el instinto de clase. Disparadas las alarmas, y obviando las múltiples opciones disparatadas de quienes pretenden pescar en río revuelto, empieza a tomar fuerza y vertebrarse la opción de aquellos que comprenden que la única forma de ganar una constituyente implica amplias alianzas sobre un programa de mínimos democrático que, dejados de lado los matices, comparten ampliamente las opciones de izquierda.
Este frente de unidad popular constituyente no es un mero deseo sino una opción real. Tal y como señalan los últimos sondeos de opinión , ante la caída de las dos fuerzas mayoritarias, IU tiene una intención de voto del 15,3% que no debería despreciarse, o, al menos, apreciarse en la misma medida en que se subraya el importante ascenso de UPyD que, a prácticamente dos puntos de diferencia de IU, muchos ven ya como el sustituto natural con más papeletas para ser el la próxima pata derecha del régimen.
Resulta obvio, como se ha repetido en múltiples ocasiones , que IU no puede formar una alternativa de ruptura en solitario pero tampoco se puede prescindir de ella. Si bien requeriría de un estudio más detallado, una simple suma nos permite vislumbrar fácilmente un escenario en el que un frente constituyente que agrupe a las diferentes opciones de izquierda se convierta en primera opción. Éste se vería además fortalecido por los votos de múltiples militantes y votantes del PSOE sumamente descontentos con el rumbo de su partido así como por el empuje de las mareas.
Aclaremos que no se trata de una mera ilusión basada en el resultado de una serie de encuestas sino en los resultados de las últimas elecciones catalanas , en las que la suma de votos de CUP, ICV-EUiA y ERC se quedó a poco más de 130.000 votos de CIU. Según los últimos datos disponibles la intención de voto directa de los tres partidos (34,8%) superaría a la de CIU, PSC y PP (27,7%). Es también el caso de Galicia en el que en las últimas elecciones AGE llegó a ser el segundo partido más votado en Coruña y Santiago . Asimismo, según el último sondeo, AGE estaría a punto del sorpasso al PSOE.
Es cierto, no obstante, que la sencillez de las sumas no ha de hacernos olvidar múltiples posibilidades como es la de un gobierno de repliegue a la griega de las opciones en defensa del régimen. Igualmente, otros sondeos, notablemente el último del CIS (a pesar de haberse realizado con anterioridad al último escándalo del PP) animan a moderar el optimismo. En este sentido, no resultaría fuera de lugar la aparición de una fuerza catch-all (“atrapalotodo”) situada en el plano contrario a UPyD y con un discurso que conecte más fácilmente con ciertos sectores que, aún coincidiendo con muchas de las propuestas de la izquierda nunca darían su voto a una opción etiquetada como tal. Los espacios que ocuparía son diferentes a los señalados a la izquierda y bien podría esta fuerza ser el empujón necesario para una eventual victoria del frente constituyente.


¿Por qué un proceso constituyente?
Hay quien podría considerar que aún en el supuesto de que este frente obtuviese una mayoría electoral resultaría más útil cumplir con los preceptos de la actual Constitución que recorrer el siempre espinoso camino de un proceso constituyente. Incluso, desde otras posiciones, se nos podría replicar aduciendo que no planteamos más que una posición reformista que no pretende atacar de raíz las relaciones de producción capitalistas.
Al primer razonamiento, según el cual antes que construir algo nuevo resulta más pragmático asegurarse y servirse, si cabe con algunas modificaciones puntuales, de la actual carta constitucional, cabe oponer, en esencia, tres argumentos. En primer lugar, como ya se ha dicho, estamos inmersos en un proceso constituyente no democrático que desfigura por completo nuestra Constitución. El marco constitucional del 78 está obsoleto. Queda por ver si el proceso constituyente es democrático o si queda en manos de la reacción. Como dice Žižek: "El fascismo reemplaza literalmente a la revolución izquierdista: su ascenso es el fracaso de la izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario , una insatisfacción que la izquierda no pudo movilizar". En segundo lugar, se trata de una cuestión de legitimidad democrática: no debe seguir manoseándose la Constitución, en un sentido o en otro, sin la voluntad ciudadana. Por último, son mayoría los españoles que no pudieron votar la Constitución. Como dijese Thomas Paine: “Las circunstancias del mundo están cambiando continuamente, y las opiniones de los hombres también; y como el gobierno es para los vivos y no para los muertos, sólo los vivos tienen derecho sobre él. Aquello que en determinada época puede considerarse acertado y parecer conveniente, puede, en otra, resultar inconveniente y erróneo. En tales casos, ¿quién ha de decidir? ¿los vivos o los muertos?”
Quienes puedan entender que no se trata más que de una estrategia reformista que evita atacar los cimientos del capital deberían ser conscientes de que, dada la actual correlación de fuerzas, plantear programas maximalistas es sinónimo de inmovilismo. ¿Es necesario recordar la composición de la conjunción republicano-socialista que obtuvo amplia mayoría en las elecciones a cortes constituyentes en 1931? ¿Significa ello que habría de rechazarse la Constitución de la II República al ser reflejo de unas mayorías en las que participaron elementos como el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux? Sin duda alguna podía haber sido mejor. Como sin ninguna duda la Constitución resultante del frente constituyente que planteamos habrá de ser superada en algún momento. Pero es necesario dar el primer paso que nos permita desanclar y avanzar.
Encauzar el resquebrajamiento del consenso del régimen del 78, la pérdida de la capacidad de control-dirección ideológica de la clase dominante, incapaz de hacer valer sus propios intereses como intereses generales, hacia un proceso constituyente radicalmente democrático en el que se dé una acumulación de fuerzas rupturistas, supone el principio de posibilidad de forja de un nuevo bloque histórico, de deconstrucción-construcción de lo social (deconstrucción en tanto desnaturalización del orden vigente y construcción en tanto planteamiento de alternativas), de creación de una nueva cotidianidad, una nueva hegemonía cultural.
La nueva institucionalidad permitirá el desarrollo de proyectos contrahegemónicos a través de un entrelazamiento entre lo constituyente y lo constituido que, en consonancia con la mejor tradición republicana democrática, cree mecanismos democráticos participativos que supongan una progresiva superación dialéctica de los elementos representativos y de formas de propiedad privada por elementos de democracia directa y formas comunes de propiedad; un entrelazamiento en el que mientras lo constituido se convierte en el elemento garantista que permite la participación activa y el respeto al cumplimiento de los derechos constitucionales, el poder constituyente se erige en su eventual defensor a la par que en elemento dinamizador (antiestático) de lo constituido. Se trata de entender la Constitución en sentido emancipatorio, como una herramienta de permanente democratización de la democracia que conjugue rebelión y Constitución, dándose un replanteamiento constante, una revolución permanente, que permita transitar, con métodos radicalmente democráticos, hacia el horizonte democrático del autogobierno político y económico. Incluso, en el corto plazo, el ejercicio democrático, que ha de resultar siempre incómodo al poder constituido, evita su acomodamiento garantizando que no vuelva a repetirse la traición del PSOE del año 82.
Por último, y parafraseando a Benjamin, el proceso constituyente habrá de ser el freno de emergencia que evite el descarrilamiento al que nos conduce el capitalismo. En las constituciones occidentales actuales los derechos sociales, económicos y culturales, entendidos como “principios rectores de la política social y económica de los poderes públicos”, quedan despojados de mecanismos de protección jurisdiccional con los que sí que cuentan los derechos civiles y políticos. El constitucionalismo social se demuestra (paradójicamente) una herramienta débil en la protección del Estado social cuando las políticas económicas neoliberales se convierten en hegemónicas. En este sentido, el nuevo texto constitucional ha de rehuir del nominalismo en pos del normativismo garantizándose la aplicabilidad directa de todos los derechos con el fin de evitar la omisión en el cumplimiento de los mismos por motivos tradicionalmente alegados como la ausencia de legislación o la incapacidad económica. Asimismo, un diseño constitucional viable pasa necesariamente por el replanteamiento del modelo de crecimiento dada la imposición de los límites medioambientales y por ser alternativa a un modelo de desarrollo sostenido por una estrategia de obtención de recursos imperialista que conduce no sólo al sufrimiento de los pueblos sino a un escenario bélico interimperialista nada deseable en un contexto multipolar.
Como diría Joe Strummer en oposición al pueril No future de los Sex Pistols, The future is unwritten. Y ese es, en última instancia, el sentido del poder constituyente y de la democracia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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dilluns, 4 de març de 2013

Contra los políticos







Contra los políticos





  Reflexión colectiva publicada en Nou Treball y Realitat
           
     


El objetivo de retornar la dignidad a la política no ha de ser otro que el de hacer política en coherencia con la nueva realidad. Nuevas formas de hacer política para nuevas propuestas políticas. Nos encontramos en la etapa del fin del consenso social, donde el régimen constitucional ya no es capaz de legitimar el modo capitalista de acumulación que en este ciclo se caracteriza por desposeer a las clases populares de sus derechos fundamentales. La crisis de representación, el escenario de corrupción institucionalizada del complejo político-empresarial y el bloqueo institucional a la participación ciudadana en cualquier estadio de la esfera pública, sugieren una profunda crisis política. Vivimos la crisis del sistema de partidos de la segunda restauración borbónica. Especialmente, de los partidos del Régimen. Ello se debe al colapso del turno bipartidista. Pero la crisis no sólo afecta a los partidos del bloque bipartidista sino que se amplía a lo que hasta ahora hemos llamado la izquierda transformadora.

La izquierda transformadora está abocada a situarse en el nuevo espacio político surgido a raíz del agotamiento político del régimen constitucional de 1978. La apertura de un nuevo proceso constituyente se nos antoja como una prioridad ineludible. Para ello, hablamos de nuevas formas de hacer política para superar el paradigma del bipartidismo. Porque seamos o no un partido del régimen, una cosa está clara: hasta ahora hemos asumido las dinámicas e inercias propias del mismo. La izquierda transformadora no puede vivir obsesionada por los sondeos electorales cuando el viejo mundo se derrumba ante nuestras narices. Seamos capaces de romper de una vez por todas con el Régimen y dejemos de participar en su juego. Un juego con las cartas marcadas. Salgamos del caparazón interno de nuestras organizaciones y oteemos el horizonte. Concluyamos las luchas de poder estériles. Hoy en día las batallas en lo interno se reducen a una: quién es Régimen y quién no. O dicho de otra manera: quién está por la reforma del modelo constitucional de 1978 y quién está por la ruptura. De lo contrario no habremos entendido nada.

Haber sido partícipes durante décadas del juego político del Régimen ha propiciado que hayamos sido desbordados por los nuevos movimientos sociales. En parte se ha dado por nuestra propia inacción pero fundamentalmente ha sido fruto de la incapacidad de efectuar una lectura estratégica más allá de las dinámicas institucionales y de las lógicas cotidianas cortoplacistas. Hemos pecado de un exceso de tacticismo que nos ha impedido ver el progresivo y estructural sesgo neoliberal que ha ido adquiriendo el Régimen constitucional de 1978. El ejemplo que lo expresa es sin duda, el surgimiento del 15M, estallido de indignación ciudadana que ha situado en el debate político la cuestión de la democracia.

Es imperativo asumir que hemos sido desbordados para empezar a extraer conclusiones de cómo situarnos políticamente en este escenario de fin de ciclo. A día de hoy, es ingenuo pensar que la vía institucional va a poder garantizar cualquiera de los derechos fundamentales que nos han sido usurpados, al menos desde una perspectiva global e integral. Por eso hablamos de crisis política y de legitimidad. De colapso democrático. No queda otra que pensar la funcionalidad de la política en perspectiva de construir la democracia del 99%. Nuevas formas de hacer política para un instrumento que sea útil en esta realidad concreta.

Eso requiere levantar la cabeza de la lucha concreta, y obviamente de la demoscopia, para tratar de ver en perspectiva. Eso supone estar atentos a los nuevos actores sociopolíticos que están reflexionando políticamente, en tanto que se están empoderando. Movimientos que están siendo capaces de dimensionar a la lucha sociopolítica la garantía de los derechos fundamentales mediante la desobediencia civil, el empoderamiento y la solidaridad. Eso supone cuestionar los modelos organizativos clásicos, precisamente porque la revolución TIC (tecnología de la información y la comunicación) y el 2.0 nos dotan de herramientas más eficientes y participativas. No repitamos las actitudes cardenalicias del siglo XV ante el invento de la imprenta. ¿Por qué nos entestamos en reproducir las mismas líneas organizativas que hace 20 años?. ¿Por qué caemos siempre en el ensimismamiento de la necesidad imperiosa de fortalecer y consolidar la organización cuando quizás lo que falta es análisis en perspectiva y estrategia de intervención en el conflicto social?.

La realidad nos exige entender el porqué en muchos aspectos hemos sido desbordados. Basta echar un vistazo a los últimos quince años para ver como los nuevos sujetos no organizados políticamente han logrado visualizar la crítica al sistema económico y realizar propuestas alternativas concretas de forma mucho más eficaz que nosotros desde nuestras organizaciones políticas. Pongamos el ejemplo de la ILP de la PAH, que si bien es cierto que la mayoría de sus propuestas van en la línea de lo que hemos defendido los últimos años en materia de vivienda, lo cierto es que nuestro discurso, traducido en enmiendas tumbadas en una tarde, era estéril y apenas llegaba a nadie. Si pretendemos confluir, converger e integrar luchas con estos actores en base a objetivos concretos y dinámicas movilizadoras, debemos rebajar identitarismos y estériles patriotismos de partido, comenzar a actuar con humildad y hacer autocrítica para así construir confianzas. En definitiva, ponernos al servicio de los movimientos en lucha, que no están para recibir lecciones, sino más bien todo lo contrario. De hecho, las lecciones las estamos recibiendo nosotros. De eso trataba la iniciativa #ElCarrerAlCongrés impulsada por la Fundació Nous Horitzons y la Fundació l'Alternativa que tuvo lugar en la Universidad de Barcelona el lunes 18 de febrero, cuya valoración fue muy positiva a nuestro entender. Estos actores no nos votan, no militan en nuestras organizaciones, y es más, nos critican. Pero aceptemos ya de una vez que nunca construiremos ninguna alternativa nosotros solos, sin los que no nos votan, sin los que no militan en nuestras organizaciones ni sin los que nos critican. 

Uno de los obstáculos en el avance hacia estas nuevas formas de hacer política es el de la hiperidentificación con eso que llamamos clase política; los políticos. Generalmente, nos sentimos políticos, diferentes, pero políticos, perdiendo a su vez tanto tiempo en destacar las diferencias que pueda haber entre ellos y nosotros como en cerrar filas en torno al concepto casi etéreo de política. La realidad es que una mayoría social está hasta la coronilla de los políticos. “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros” gritaba la plaza. No queremos simpatizar ni expresar solidaridad alguna por los políticos. Ocupan el poder para el lucro personal, saltan de la política al consejo de administración de la empresa que han privatizado, dan subvenciones y contratos a dedo, clientelean, malversan, extorsionan, chantajean, trafican con la influencia, y otras, que les da el cargo público. La corruptibilidad es uno de los mecanismos esenciales para el aumento continuado de la tasa de ganancia de de las clases dominantes. Especialmente en España y Catalunya, la corrupción se erige como “modelo productivo”.

No estamos en la política pero sí queremos rehacer la política. Tenemos que abandonar ya la prédica y el mantra que repite que no todos los políticos son iguales, de que queremos regenerar la política. Eso nos suena a cambiar marcas, actores, formas, pero en ningún caso, los fondos. Tenemos que comprender que cuando un actor no estrictamente político critica la política, en definitiva, y nos cuesta demasiado verlo, lo que critica es el actual Régimen político. Es preceptivo dejar de corregir al ciudadano que dice que todos los políticos son iguales, y sumar a ese ciudadano a las luchas contra el Régimen político que él y nosotros detestamos. Dejemos de dar lecciones, porque, volvamos a reconocerlo, lo que percibimos como antipolítica es política en mayúsculas. Queremos dejar de identificarnos con la clase política para poder construir una alternativa política. En definitiva, no queremos ser políticos, queremos ser militantes y activistas para hacer política. Si queremos dignificar el concepto de política como gestión de la cosa pública en un momento de pérdida de legitimidad de ésta, no valen discursos en abstracto, necesitamos principios rectores claros y concretos:

1- Abrir debates, expresar nuestras propias contradicciones, no únicamente en el ámbito de los respectivos órganos o en el interno de nuestras organizaciones sino hacerlos públicos, haciendo de ello un proceso dialéctico de consecución de síntesis colectivas entre lo de dentro y lo de fuera. Evitar reglamentarismos y tratar de plantear los debates desde el prisma puramente político. Precisamente, abrir debates es una de las potencialidades del 2.0 como herramienta política.

2- Rebajar identitarismo, especialmente asociado a siglas o a paradigmas de lo viejo, de la etapa ya agotada de la concertación y el consenso social. Evitar endogamias que persiguen posiciones condescendientes. Asumir la crítica entre actores, fundamentada previamente en un reconocimiento mutuo, y hacer autocrítica, todo ello, para construir confianzas que se traduzcan en convergencias y confluencias. De poco nos sirven aquellas propuestas propias de largo recorrido, si no hemos sido capaces de articular frentes de lucha y movilización en torno a ellas.

3- Adaptar nuestro lenguaje a la realidad actual y a la necesidad de articular mayorías sociales más allá de la izquierda sociológica. Cómo articulamos una mayoría más allá de la unidad de las izquierdas, un frente democrático del 99% que impulse el o los procesos constituyentes, supone el debate estratégico de fondo, el esencial.

4- Tener claro que política es poder (o la reflexión en torno a), y que hoy en día, el que lo gestiona es el político oligárquico, el que no sólo no nos representa sino que forma parte de la oligarquía. Esta es la regla. Nosotros no somos políticos, somos activistas, militantes que hacemos política. Esto conlleva posiciones contrarias no sólo al político oligárquico sino también al perfil de político profesional que establece su proyecto vital vinculado a la política, ya sea institucional o a los aparatos de los partidos. La lealtad entre políticos en base a esta condición, o la necesidad de salir en la foto de la honorabilidad, son actitudes que no favorecen a esta exigencia de hacer las cosas diferentes.

5- El valor de la política que nosotros reivindicamos, no pasa por gestionar las miserias del Régimen. Hacemos política para cambiar las cosas, para transformar la realidad, no para legitimar ciertos escenarios de aparente pluralidad que en realidad no lo son. La historia nos demuestra que podemos ganar.


Quim Cornelles, Óscar Guardingo, Luís Juberías, Núria Llabina, Marc Llaó, Pedro Luna y Adriana Sabaté


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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