Sueños radiofónicos








              Querido Carlos Faraco:


Hace años se me estropeó el reproductor de cassettes, o al menos eso me pareció. Me sentí desolada. Tenía un buen equipo en mi cuarto. Era lo que siempre había soñado. Y tú el compañero de mis soledades. De las tardes de domingo, cosiendo, planchando o corrigiendo trabajo de mis alumn@s mientras te escuchaba. Cuando me acompañaba tu voz, com esas bromas sobre cualquier cosa, que posiblemente las llevabas preparadas en tu guión, pero sonaban tan frescas como si se te hubieran ocurrido en ese mismo momento. Tú, entonces, formabas parte de mi humilde felicidad.

Han passado tantos años…Yo intente arreglarlo, el reproductor de la cadena, pero por un motivo o por otro, permaneció silencioso. Hasta entonces había ido grabando tus programas cada semana, rotulándolos y guardándolos cuidadosamente en cajas. Mientras tanto te seguía en la radio de la cocina. A veces, dejaba lo que estaba haciendo, y me ponía a bailar. Mi compra más importante del mes eran las cintas en las cuales tenía que grabar tus programas.

Un día escuché por radio que iban a renovar el personal de la emisora. El corazón empezó a golpearme el pecho. Después de dos o tres semanas habían cambiado casi todos los locutor@s y sus programas. Escuche comentarios de tus compañeros en la emisora…Y, atando cabos, me enteré de lo que necesitaba saber. Carlos Faraco eligió el retiro. Supongo que, en cualquier caso no fue una elección fácil. Yo nunca he sabido que edad tenías, no me importaba, después de años escuchándote ya formabas parte de mi paisaje interior, una parte muy valiosa.

 La tristeza vino a reemplazarte, ya no quería escuchar la radio, no sin ti. Empecé a hacer mis tareas al fondo del silencio poblado de añoranzas, de las tardes de domingo que había compartido contigo. Las horas pasaban arrastrando los pies, como viejas cansadas, en silencio. Me hube de acostumbrar a tu ausencia, y tus ecos se me escondieron por las comisuras de mi cuerpo y tardaron mucho, mucho en abandonarme.

Ayer me decidí a desmontar la cadena con el propósito de llevarla a reparar. Cuando lo tuve todo listo, llegó mi hijo le dio un vistazo, limpió el polvo de las pretinas con un pincel i la conectó. Me pidió una cinta. Yo fui a por mi caja donde guardaba la tuyas. Le di una i la colocó en el aparato. ¡FUNCIONÓ!
Al escuchar tu voz me sentí transportada a otra época, cuando tus frases me acariciaban como los dedos de un amante.
Se me pasaron las ganas de darle a Pablo un buen responso, por no haberlo hecho antes.

I tu voz sonaba tan fresca, como si en ese momento estuvieras al micrófono realizando tu programa. Al oírte decir la fecha, Pablo quedó admirado, diecinueve años…Sí, una vida se compone de cosas sencillas que son como el cemento que va uniendo todos los aconteceres cotidianos, los importantes i también los otros, los que ni apenas se comentan pero que, por algún motivo misterioso, ayudan a mantener la estructura de una vida sin derrumbarse. 

De nuevo tu voz, con tus bromas sutiles, tus ecos añorados, los momentos que pasamos juntos, esas cosas que yo necesitaba escuchar y sólo tu me sabías decir.       

  

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